Decía Confucio que “el hombre que ha cometido un error y no lo corrige comete otro error mayor”. Afortunadamente, Elena Valenciano se dio cuenta de lo que, para ella, era un error y pidió disculpas. Hasta ahí todo normal. Y el error en sí no tendría sustancia para un post sin el debate posterior: que si es cierto que es feo, que si otros lo han dicho antes, que si gente de izquierdas entra a defenderla y justificarla, que si los de derechas aprovechan para hacer leña del árbol caído, que si la imagen que da no es la adecuada… Voy a intentar entrar al fondo de todos estos asuntos.

Empezando por el primero, la cuestión no es si es verdad o no, si tiene razón o no. La verdad y la razón son conceptos que, al tocar la política, se desvanecen como los vampiros al tocar el sol, como la niebla entre las manos si intentáramos cogerla. En la política que conocemos, la del marketing, la del storytelling, la de los lemas sobre las ideas, la de los sentimientos sobre los hechos, la verdad y la razón son conceptos innecesarios, para indignación y desafección inmediatas de aquellos que son capaces de escarbar lo suficiente, de diferenciar entre el destello y la sustancia, de juzgar más por la inteligencia que por los ojos, de no solo ver sino también comprender.

No se trata, pues, tanto del que sino del quien. Usando el título del libro del filósofo Javier Gomá, es una cuestión de “ejemplaridad pública”. Es fundamental la responsabilidad que tienen los políticos de dar ejemplo con sus actos y manifestaciones, e instruir a través de ese ejemplo. El ejemplo es un motor de cambio social. No puedes convertirte en un adalid de la interpretación estricta de unos valores y a la vez juzgar a un profesional de reconocido prestigio mundial por su aspecto físico -más cuando, en parte, es debido a un accidente cuando era niño-. ¿Cuál sería la reacción ante un comentario similar sobre una mujer? ¿Qué pasaría si alguien juzgara los méritos o deméritos de Angela Merkel, Hillary Clinton o Dilma Rousseff por como de estilizada es su figura?

Y ante esa tesitura, hay que hacer como ha hecho ella, y reconocer que se ha equivocado. ¿Qué tiene de malo reconocer un error? Cierto es que los políticos no están acostumbrados a ello, pero no tiene nada de malo.

Me decía hace pocos días un amigo que “ver la paja en el ojo ajeno y la viga en el nuestro” era la actitud correcta. Y lo tengo muy claro, el día que no sea así dejaré de militar, porque ni estaré respetando los valores del partido ni el sacrificio de los que dieron su vida por ellos ni los deseos de la ciudadanía. El double thinking de Orwell, ser por un lado racional, y por otro aceptar sin ningun sentido crítico todo lo que se te ofrece no es aceptable. Justificar y defender cosas diferentes para unos y para otros es hacer un flaco favor a cualquier partido de cara al futuro.

Una transformación de ese estilo, reconocer los errores con humildad sabiendo que es imposible no cometerlos y, a la vez, aprender de ellos para realizar el cometido encargado de la mejor forma posible, es lo que pide la sociedad a nuestros dirigentes. ¿Estamos dispuestos a desterrar los viejos hábitos? ¿Estamos dispuestos a un renacimiento de la política?

Lo dije hace unos meses, el primero que lo entienda hundirá al resto.

Tagged with: