Nos negamos a admitir que podemos ser la primera generación que vive peor que la anterior. Nos negamos a admitirlo porque simplemente nadie quiere vivir peor, todos aspiramos a hacerlo mejor. Sin embargo, los retos que afrontamos son lo suficientemente importantes como para que al menos debamos preocuparnos y buscar soluciones antes de que sea demasiado tarde.

La fuerza de trabajo mundial ha aumentado de 2100 millones en 1985 a algo más de 3200 millones.  En esos mismos 25 años, la población mundial ha pasado de 4800 a 7000 millones. Las previsiones nos sitúan en 9000 millones en el 2050. Y cada persona adicional necesita agua, comida, energía y vivienda. Las dificultades para cubrir las necesidades básicas son palpables alrededor del mundo. Actualmente, 1000 millones de personas no tienen ni siquiera acceso a agua potable.

Por lo tanto, tenemos una población que se incrementa de forma exponencial debido, fundamentalmente, a que las tasas de mortalidad han sido reducidas de forma increíble. Y sí, extender la vida controlando las enfermedades es uno de los grandes logros de la humanidad, pero también acarrea problemas derivados. A ese aumento de población hay que unir una globalización, con la consiguiente deslocalización, que nos lleva a una competencia a nivel global y una evolución tecnológica que, inevitablemente, elimina mano de obra innecesaria. Más gente con la que competir y proporcionalmente menos empleos. El problema es obvio: competimos con nuestros iguales y los recursos de nuestro planeta son limitados, simplemente no dan para todos. El ejemplo habitual hablando de recursos limitados es el del petróleo, que ha impulsado un desarrollo enorme de nuestra civilización en torno a la energía barata y que nos ha permitido, entre otros muchos aspectos, la existencia de fertilizantes y pesticidas para producir alimentos de forma mucho más eficaz. Pero son muchos otros recursos los que escasean o lo harán en un futuro cercano. Al ritmo de consumo actual, nuestro planeta puede albergar a 15.000 millones de personas con los ratios de consumo de la India o 18.000 con los de Ruanda, pero solo 2500 millones con los ratios de Reino Unido y apenas 1500 con los de Estados Unidos. El problema es obvio y por eso algunas corporaciones internacionales y algunos países ricos están comprando tierras en los países pobres, lo que nos lleva a paradojas como la de Etiopía, que produce grano para otros países mientras sus ciudadanos dependen de la ayuda internacional. Este proceso solo provocará aún más desigualdad y sufrimiento. Y podemos tener claro que a todos nos van a afectar estos cambios, estemos donde estemos,. Todo esto es un caldo de cultivo muy preocupante que nos lleva a movimientos populistas y xenófobos.

Necesitamos soluciones y las necesitamos ya. A nivel local y global. Necesitamos cambiar un modelo económico y de sociedad destinado a acumular riqueza y poder en las manos de los que ya tienen riqueza y poder. Necesitamos cambiar los ratios de consumo buscando la sostenibilidad y la eficiencia, necesitamos evolucionar nuestra tecnología  a través de un impulso decidido a la I+D+i y necesitamos controlar el crecimiento poblacional. Y si no somos capaces de aportar una solución racional, recurriremos a la de siempre, a la que ha dominado la historia de la humanidad: la guerra. Guerra por tierras y recursos. Porque el hombre sigue siendo un lobo para el hombre. Homo homini lupus.

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Y es que esa frase podría resumir perfectamente la historia de la humanidad. Desde los exterminios romanos en la Galia hasta los de Ruanda o los Balcanes, pasando por los millones de muertos en las Cruzadas, las terribles masacres de las hordas mongolas de Genghis Khan, la caída de la dinastía Ming en China, las limpiezas étnicas de los europeos en América, el genocidio otomano en Armenia, las purgas de Stalin o el holocausto judío, sin incluir las omnipresentes guerras entre vecinos, la historia de la humanidad es una historia de muerte y destrucción. Y es que los motivos han sido variados, pero las consecuencias han sido dramáticas: cientos de millones de personas muertas a manos de sus semejantes.

Si no aprendemos de la historia, estamos condenados a repetirla. Nosotros elegimos la solución: política o armas.

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