Un año después

On 24 julio, 2013, in Personal, Política y Sociedad, by rober

Ayer, hizo un año que abandoné la militancia en el que entonces era mi partido. La mayoría ya lo sabréis porque hace unos meses -con gran éxito de visitas, para mi sorpresa- expliqué de forma bastante clara y demasiado extensa el funcionamiento de un partido por dentro. Y, sin embargo, a pesar de ello, ayer, echando la vista atrás, sentía que me habían quedado cosas sin contar, que me había dejado en el tintero una parte interesante de la historia. Y es que mencioné casi todas las componentes políticas, pero me guardé las consecuencias personales: cómo y por qué cambió mi vida y qué pienso un año después.

Por eso creo que es necesario complementar aquello con un relato más personal e íntimo.

En orden temporal, podría decirse que el proceso es muy sencillo de explicar: sorpresa, aceptación y cambio.

Sorpresa porque, en un primer momento, no entiendes nada, no eres capaz de razonar lo que está ocurriendo. No puedes comprender. No te entra en la cabeza. Y con ello te vienes abajo. Sientes una profunda rabia por ser un pinin. Y decepción, mucha decepción.

Decepción porque te das cuenta que confiabas en quien no debías.

Decepción porque te das cuenta de que no hay ni uno solo que no inicie su carrera política declarando, solemnemente, que su intención es el bien común. Desgraciadamente, muchos de ellos, con una demagogia sorprendente y un profundo cinismo. Quizás siguiendo las enseñanzas de Cicerón: «La guerra debe emprenderse de tal manera que parezca que sólo se busca la paz».

Y en el fondo, la historia ha cambiado desde entonces, pero la naturaleza humana es la misma. En el Antiguo Régimen, los gobernantes -y aquellos que deseaban serlo-, hablaban continuamente de sus derechos personales. No necesitaban al pueblo. Hoy, sin embargo, es necesario vendernos algo que podamos comprarles, porque son necesarios nuestros votos. Por eso todo es en nombre del pueblo, todos declaran que sus acciones solo buscan el bien común. En la mayoría, pura fachada. Los valores, no como realidad, sino como estrategia para ascender en política. Pero la naturaleza humana, por definición, simplemente por la primera acepción del término, es la misma. Si nuestra naturaleza cambiara, dejaríamos de ser lo que somos, seríamos otra cosa.  [1]

Decepción porque es sorprendente la inclinación a rellenar los huecos en las estructuras de poder, no por elección, sino por cooptación, para colocar a los amigos donde sea posible. Así, los lideres hacen todo lo posible para imponer a sus propios sucesores. Una suerte de nepotismo de nuevo cuño en el que se entienden las instituciones como una propiedad privada de ellos y sus amigos. Casi una vuelta al Antiguo Régimen y la defensa de su derecho a mandar amparándose en la Ley Divina, en el deseo inescrutable de Dios. Parafraseando a Luis XIV, paradigma del absolutismo, «Le parti c’est moi» [«Yo soy el partido»]. Esto termina formando una especie de cárteles en los que solo se admite una forma de pensar. Dulce ironía ver a republicanos impulsando una monarquía hereditaria en el corazón mismo de la democracia. Sí, la naturaleza humana no ha cambiado desde los tiempos de Cicerón.

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La cooptación -entre otras cosas- explicada en Europesadilla, de Aleix Saló.

Decepción porque muchos, sumisos y con un lamentable sentimiento de adoración, se postran ante los dirigentes, traicionando todo lo que dicen defender, todo lo que tú has luchado por conseguir, con el único objetivo de ascender. Probablemente lo harían con su madre si no les pusiera el plato en la mesa.

Decepción porque la mayoría aceptan como normales estos comportamientos. Y otros, ciegos de estupidez y seguidismo, ni siquiera son capaces de verlos. Mano de santo para las cúpulas de los partidos, siempre pendientes de que la militancia les siga con los ojos vendados.

Decepción porque, a veces, el rebaño reacciona con agresividad cuando algunas de sus ovejas hacen cosas raras, cosas impropias que les están vetadas por el pastor. Una suerte de experimento de los monos y los plátanos.

Decepción porque la mayoría agachan la cabeza, no vayan a ser los siguientes camino del matadero. Y ahí entra en juego una componente fundamental: el sentimiento de pertenencia al grupo.

En un partido te sientes parte de algo, no estás solo. Y esa es una necesidad humana. Es muy difícil abandonar esa sensación y lanzarte de cabeza al mar porque, en el mismo momento que lo haces, eres plenamente consciente de que nada va a volver a ser igual. Que si tenías algún amigo dentro, lo vas a perder, o como mínimo se va a distanciar -y tú, si eres su amigo, te alejarás de él, porque sabes que juntarse contigo solo puede causarle problemas-. [2] [3]

No busquéis entenderlo

Quizás estés dejando en el camino a gente que te apreciaba y quería de verdad, y a la que tú también apreciabas y querías. Es una decisión dura que te corroe durante un tiempo.

Y sin embargo, terminas no arrepintiéndote de nada. Yo al menos no lo hago. Y que nadie me malinterprete, no tengo ni la más mínima idea de si acerté o no. Pero es que tampoco me importa. La gente no se llega ni a imaginar la tortura mental por la que tuve que pasar. Tal es la necesidad que sientes de liberarte de ese mundo que te corroe que cuando lo haces es un descanso. Hayas acertado o no con cierta gente, les hayas hecho daño o no. Tal es la necesidad de liberarte que la opción de no ser egoísta no existe. Corre y sálvate. Simplemente.

Aunque irse parezca una decisión sencilla, para nada lo es. El coste de oportunidad es inmenso. No solo por la gente que dejas atrás, sino porque has invertido muchos cientos de horas de tu vida ahí. Y decides tirarlas a la basura. Voluntariamente. Cuando podrías decidir tragar con todo y jugar al juego de tronos. Siendo consciente de que muchos son menos inteligentes que tú y que podrías vivir, si te lo propusieras, de esa política enfangada que nos rodea. Simplemente, yo no quise ese camino. Tomé una decisión voluntaria de la que no me arrepiento, por mucho que me acuerde de la mitad de las madres de la ciudadanía cada vez que veo que no entienden nada , cada vez que me doy cuenta de que la mayoría merecen que les roben a manos llenas. Pero, a pesar de esos cabreos, no me arrepiento del camino elegido.

Y es que no me habría gustado el otro, en el que los cuchillos acechan en cada esquina, en cada sombra, en cada sonrisa. Un consejo les doy a todos los que lo han escogido: «Trata bien a los que te cruces mientras estés subiendo, porque de un modo u otro volverás a encontrártelos en la bajada».

Y yo no quise ese camino, pero el mío también tiene peligros acechando. El primero de todos la vuelta a la realidad, a la vida civil.

Y ahí son fundamentales los amigos. Hay gente que simplemente no podría tomar la decisión que yo tomé, porque su vida es la política. Aunque el grupo derive hacia algo en lo que no se sienten cómodos, ellos derivarán con él. Por el sentimiento de pertenencia y porque su coste de abandonar es muchísimo mayor que era el mío -¡muchos se han dejado la mitad de su vida!-. A mi, sin embargo, mis amigos fueron los primeros en aplaudirme la decisión. Incluso algunos de ellos insistieron, una y otra vez, para que la tomara. A ellos, simplemente, gracias. Os las he dado en persona, pero es de bien nacidos ser agradecidos, así que considero necesario reiterarlas aquí.

Gracias porque la realidad es que estaba atrapado en una gran mentira. En una farsa descomunal rodeado de muchas personas que consideraba amigos y que no lo eran en realidad. Pura fachada. Puro interés.

Y veréis, es muy sencillo dejar de apreciar la realidad cuando estás en un grupo que crea dinámicas perversas en las que se refuerzan los prejuicios del grupo y se mantiene la cohesión interna a base de ir transformando a sus miembros. Es una especie de lavado de cerebro paulatino que, seguramente, se produce en cualquier grupo. Y sin que te des cuenta. Simplemente, con el paso del tiempo, entras en una dinámica en la que no lees ni escuchas ni atiendes a nada que no refuerce lo que piensas. Y terminas no pensando por ti mismo. El grupo adquiere un pensamiento colectivo, que termina siendo el de sus dirigentes.

Por eso son tan importantes los amigos para salir de esa dinámica. Porque es difícil salir de la niebla si nadie te mantiene lo suficientemente apegado a la realidad como para no perderte a ti mismo. O como dice una expresión latina: «Cuius aures veritati clausae sunt, ut ab amico verum audire nequeat, huius salus despernada est». [Aquel cuyos oídos están tan cerrados a la verdad hasta el punto que no puede escucharla de boca de un amigo, puede darse por perdido.]

Vosotros me demostrasteis que la misión de los amigos no solo es disfrutar en los buenos momentos, sino apoyar en los malos; y aconsejarnos, hacernos ver nuestros errores. Al final, terminas dándote cuenta que tus amigos son aquellos que caminan contigo a través del infierno. No porque sea agradable. No porque sea sencillo. Sino porque son tus amigos, porque te aprecian y porque quieren gastar lo más precioso que tienen -su tiempo- contigo.

Y tras ese desembarco de vuelta a la realidad, llega el momento de reflexionar, detenidamente, sobre todo lo que ha sucedido. No en un día o en una semana, sino en meses… Solo el tiempo te da la perspectiva necesaria.

Te encierras en los libros buscando los matices y los conocimientos que te hagan entender qué demonios ha pasado. Y tras mucho tiempo buscando respuestas, llega un momento, de repente, en el que todo hace clic. En el que despiertas, sin saber ni siquiera que estabas dormido, en el que abres los ojos, de par en par, a un nuevo mundo.

Es lo que Thomas Kuhn definió en «The Structure of Scientific Revolutions» como Paradigm Shift. Sí, un cambio de paradigma, entendido este como la forma en la que vemos el mundo -o nuestras circunstancias- en términos de percepción, entendimiento e interpretación. Los paradigmas son inseparables del carácter, están íntimamente relacionados con lo que somos. Y es que vemos el mundo, no como es, sino como somos, como estamos condicionados para verlo. Cuando lo describimos, en realidad describimos nuestra percepción.

Eso, obviamente, no significa que no haya hechos, pero el cambio de paradigma supone un terremoto, supone cambiar las lentes a través de las cuales vemos la realidad, supone encender la luz en una habitación a oscuras. Tu percepción del mundo cambia. Añades matices y detalles que antes ni apreciabas. La realidad no es tan sencilla como muchos nos pretenden hacer creer.

Y simplemente por eso, por todo lo que he aprendido en el camino, mereció la pena afiliarme en su momento. No me arrepiento de nada. Me volvería a afiliar y me volvería a ir. Aprender no siempre es sencillo o cómodo. A veces requiere un sacrificio. Hay gente que piensa que haber pertenecido a un partido es una mancha. Y en la situación actual esa puede ser una percepción generalizada. Pero yo no estoy de acuerdo. A mi me ha servido para desterrar la ignorancia política. Una especie de universidad de la vida.

Decía Søren Kierkegaard que «la vida solo se puede entender hacia atrás, pero debe de ser vivida hacia adelante». Y es una gran verdad. Mirando hacia atrás, siempre puedes ver con exactitud los errores, pero eso no te debe de hacer pensar que puedes verlos siempre en tiempo real. Mirando hacia atrás, cometí muchos errores. Hay que ser realistas: todos tenemos nuestras miserias y nuestras grandezas, más o menos bien repartidas. Pero si cometer errores es el precio que hay que pagar por aprender, por descubrir nuevas ventanas a la realidad, en este caso, no me arrepiento de ellos.

A modo de consejo os digo que examinéis vuestros paradigmas de forma constante, que enfrentéis vuestras creencias a la realidad, que escuchéis a los demás, especialmente a aquellos que os digan lo que no queréis oír, y que estéis abiertos a nuevas percepciones. No os encerréis en vosotros mismos, sino abriros al mundo. Eso os permitirá tener una mayor perspectiva y una visión mucho más objetiva.

Y dicho esto llegamos al momento actual, y a dos preguntas que es necesario aclarar. La primera, ¿por qué escribes este post?. Y la segunda y más importante, teniendo en cuenta que unos cuantos me han situado en la mitad de los partidos existentes -ellos sabrán sus motivos-, ¿por qué no te afilias en otro lado?

La primera es sencilla de responder. No es mi intención lavar ningún trapo sucio en público, pero estoy cansado de ver que la gente no se entera de nada, que no es capaz de ver mínimamente la realidad delante de sus ojos. Y esto no es, ni mucho menos, una crítica, porque no es que yo esté para hablar, viendo los antecedentes aquí mencionados… Pero sí intento ponerle remedio.

Y es que cuando la mierda alcanza el ventilador, es difícil que no salpique si andas cerca. Tienes que apartarte rápido. Pero muchos ni siquiera están siendo conscientes ni de la mierda ni del ventilador.

En cuanto a la segunda pregunta, la respuesta es más complicada. Aunque si habéis leído entre líneas, seguramente intuiréis la respuesta.

Según lo veo, ahora mismo, afiliarme a un partido -en su forma tradicional-, sin que se den una serie de condiciones concretas, iría contra una realidad palpable: las dinámicas de los partidos son las mismas porque los definen las personas que los componen. Unas siglas no son buenas ni malas, no tienen un valor real para la sociedad. Lo que define la realidad son las personas. Entramos en territorio de la naturaleza humana. Un mismo partido es como la noche y el día con unas personas o con otras. Aunque si es lo suficientemente grande, se impondrá Robert Michels.

Por eso considero necesario orientarse de otra manera en política. No por partidos y siglas -que no dicen absolutamente nada-, sino por personas y por proyectos. Dime, en profundidad, sin ahorrarte ningún detalle, qué vas a hacer, cómo lo vas a hacer y por qué lo vas a hacer, y quizás me convenzas de que participe. Dime que sois los mejores, los que más defendéis la sanidad, la educación o a los jóvenes… y, simplemente, votaré a otro. Haber sido un insider me da otra perspectiva, ya me conozco las historias, se como funciona el storytelling. No soy nuevo en esto. No quiero cuentos, quiero realidades, quiero hechos. Lo que no quiere decir que sea un ferviente defensor del posibilismo, pero tampoco el mayor de sus detractores.

En definitiva, para que quede claro, participaré en todos aquellos proyectos concretos -con un final definido desde el principio y asociado a una serie de personas- que merezcan mi tiempo, esto es, que sean buenos para mi familia, amigos y vecinos. Pero no más allá. Así de sencillo. O así de complicado, viendo el panorama.

Y, a pesar de esto, lo que sí que tengo claro es que la política es necesaria. No nos podemos alejar de ella, o pagaremos el precio. Siguiendo la cita de Azaña: «No odiéis ni os apartéis de la política, porque sin ella no nos salvaremos. Si la política es el arte de gobernar a un pueblo, hagamos todos política y cuanta más mejor, porque sólo así podremos gobernarnos a nosotros mismos e impedir que nos desgobiernen otros».

Si os apartáis de la política, si os negáis a hablar de ella y conocerla, estamos condenados a que nos gobiernen los que solo lo hacen por interés propio. Grabároslo en la frente. Es así. Solo hace falta abrir los ojos a la realidad que nos rodea. Es necesario combatir la política de las tonterías, del clientelismo, el seguidismo, el sectarismo, la manipulación, la mentira y el interés personal. Lo he repetido muchas veces: es necesario renovar la política desde los cimientos, porque nos estamos jugando nuestra vida. Sí, nuestra vida, porque no exagero, su influencia en nuestro día a día es enorme. Política es todo lo que nos rodea. Es como el aire que respiramos.

Si mis tres años como militante sirven para que seáis conscientes de esta realidad, habrán sido más que aprovechados. Yo he hecho mi reflexión. Ahora, os corresponde a vosotros hacer la vuestra. O estas líneas carecerán de sentido y utilidad…

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Yo soy

 

NOTAS

1 – Os recomiendo la fábula del escorpión y la rana.

2 – Para una historia de ese estilo, leer Paradero Desconocido de Katherine Kressmann Taylor.

3 – Para entender las situaciones de arbitrariedad causadas por el sentimiento de pertenencia al grupo, ver Henri Tajfel y la Teoría de la Identidad Social.