El pasado sábado asistí a una charla sobre democracia directa en Cangas a cargo de Daniel Ordás, autor de “España se merece… democracia directa”, y me parece necesario subir aquí una serie de reflexiones que tuve la posibilidad de hacer.

Básicamente estoy de acuerdo con las premisas fundamentales del autor: discurso sereno, democracia participativa, listas abiertas, limitación de la dedicación a la política, modificación del senado y modificación del sistema electoral.

Aunque, sobre el último asunto, es necesario matizar que no hay ningún sistema perfecto. Los que dicen que el actual es una mierda, que es injusto, no saben de lo que hablan. ¡Es un sistema! Es útil o no dependiendo de lo que quieras hacer con él. No hay justicia o injusticia. Si alguien me dice que no puede comer sopa con un cuchillo, lo que le recomiendo es que coja una cuchara. ¿No nos gusta el sistema? Cambiemoslo. Pero sabiendo qué demonios pretendemos conseguir con ello.

Y estoy de acuerdo con todas estas medidas porque llevo mucho tiempo defendiéndolas. Sin mucho éxito, todo sea dicho. ¿Por qué? Porque en el interior de un partido proponer reformas -y más si son muchas a la vez- lleva a que se queden con tu cara. No quieren que se mueva nada. No hay incentivos para ellos. Es algo que ya está ampliamente explicado.

Sin embargo, si queremos un debate en profundidad sobre todas estas cuestiones, que nos permita llevar a cabo cambios sabiendo lo que estamos haciendo, son necesarios una serie de matices fundamentales que el autor no tiene en cuenta. De esta forma, el problema no es lo que se dice en el libro, sino lo que se omite. Demasiada gente piensa que todo esto es una especie de varita mágica, que basta con hacer unos mínimos cambios en el sistema para que toda España sea diferente. Un sinsentido.

En el libro solo se mencionan unos pocos problemas.

En primer lugar, la posibilidad de que alguien bloquee el país. Algo más que obvio en un país absolutamente polarizado como el nuestro. Estaríamos recogiendo firmas para convocar referendums contra todas y cada una de las medidas del gobierno. Hasta contra aquellas que la oposición llevase en su propio programa electoral. El objetivo de un partido político no es mejorar un país, sino conseguir el poder y perpetuarse en él. Como sea. Lo estamos viendo en USA a pesar de que no tienen mecanismos tan claros de bloqueo como recurrir a un referendum. Una manada de locos radicales del Partido Republicano están dispuestos a hundir el país antes de permitir a Obama gobernar.

En segundo lugar, la opresión a la minoría, en la que coincido con el autor que no sería un problema demasiado grave -no porque no lo sea en sí, sino porque es improbable que estuviéramos peor que ahora-.

Y en tercer lugar, el populismo y las enajenaciones mentales transitorias. No hay mucho que explicar. El límite debería establecerse en unos derechos fundamentales que no se pudieran tocar para evitar que nos volviéramos tan locos como para legislar barbaridades en caliente.

El miedo, Marco, recuérdalo, administrado sabiamente es la mejor de las armas, especialmente para manipular a un pueblo inculto e influenciable. Cuando el terror está acechando, las normas, las leyes, se doblan, se cambian, se ignoran, Marco. El alma humana no atiende a lo que en momentos de sosiego y sensatez otros han pensado y diseñado con atención y racionalidad: leyes, normas, costumbres. No, el miedo quiebra todo eso.

Africanus, Santiago Posteguillo

Pero aparte de todos estos problemas mencionados, hay muchos más que es necesario tener en cuenta en un debate serio.

En primer lugar, con la democracia participativa hay que tener en cuenta cuatro cuestiones fundamentales de fondo y una de forma.

No hay nada más importante en una democracia que una sociedad bien informada. Y no es tan sencillo tener la información adecuada con unos medios de comunicación capturados por los partidos. Los públicos porque están bajo su decisión directa. Los privados porque en una crisis de los medios tradicionales como la actual no pueden prescindir de la publicidad institucional ni de las subvenciones. Pero no solo los medios, sino también los periodistas, que se mueven en demasiadas ocasiones en una peligrosa línea de beneficios y dependencia respecto a los partidos. Y por si eso fuera poco, tenemos que sumar los propios defectos de los medios en sí y la peculiar demanda informativa de la ciudadanía. A lo que se añade que, aún en el caso de que hiciéramos el esfuerzo adicional de buscar nuestra propia información, tenemos otro problema: la transparencia institucional. A pesar de que nosotros somos los que pagamos y ellos son simplemente nuestros representantes, se niegan a proveernos la información necesaria para que los podamos juzgar adecuadamente.

Aparte de la información es fundamental la formación propia. No es cierto lo que dice el autor de que quienes saben gestionar su casa saben hacerlo con el estado. No es tan sencillo. Como mucho elegir entre lo que nos dan, pero sin conocimientos es difícil valorar en cuestiones difíciles. No todo es tan sencillo como elegir entre lo que nos gusta y lo que no: horarios de apertura, fumar en los bares, velocidad en las autovías, aborto, matrimonio homosexual, etc. En ocasiones habrá decisiones en las que simplemente no sepamos cual es la mejor. ¿Techo de gasto sí o no? ¿Políticas de austeridad sí o no? ¿Reforma laboral sí o no? ¿Cuántos de nosotros tenemos los conocimientos necesarios para juzgar mínimamente cuestiones así?

Y no lo sabemos porque hay un elemento fundamental a tener en cuenta: el tiempo. El coste de informarse adecuadamente para juzgar cuestiones de ese calado es enorme. Y es un coste enorme porque la gente tiene su vida aparte de informarse para tomar decisiones políticas. Quitar tiempo a la familia, los amigos o el ocio para leer sobre temas que no interesan no es una de nuestras prioridades y no parece muy probable que vaya a cambiar de repente. Simplemente basta ver que ni siquiera lo estamos haciendo ahora que tenemos, apenas, media docena de paquetes cerrados en forma de partidos.

Y como cuarta y última cuestión de fondo, y directamente relacionada con el anterior, una componente cultural. No estamos acostumbrados a debates intelectuales. Es más, a la mayoría ni les gustan. Y, como es lógico, no apetece emplear el tiempo en temas que nos aburren.

Y a todo ello hay que añadir un aspecto de forma: para recoger firmas y posicionar a favor o en contra de un referéndum o una ILP es necesaria una estructura, una logística. Lo cual saca a la luz otro problema de calado: el tejido social en España está capturado por los partidos. Bien porque los dirigentes de los partidos colonizan asociaciones o porque los partidos compran a los dirigentes de las mismas. Y así nos encontramos con que gran parte de los influencers sociales se encuentran bajo el paraguas de un partido. Lo que me recuerda la teoría de la elección pública: «un pequeño grupo con mucho que ganar de una política tenderá a prevalecer en contra de un grupo numeroso en el que cada uno de sus miembros tiene poco que perder».

Pero no solo hay problemas con la democracia participativa, sino con las listas abiertas. Algo que es obvio a la vista de que Grecia las tiene y son más corruptos que la mitad de países de África y Oriente Medio. O de que nosotros en el Senado también las tenemos. Y es que no son una solución. No evitan el hundimiento de un país ni lo sacan del fango. «No importe el entusiasmo con el que uno diseñe instituciones y sistemas de votación a prueba de cretinos, que siempre habrá alguien que será capaz de romperlas.» 

El principal problema es obvio: el populismo y la demagogia. Con listas abiertas aumentan los incentivos de los candidatos para radicalizar sus posturas en busca del voto, para comprarnos con nuestro propio dinero -somos de fácil soborno-, para hacer barbaridades sin sentido y para decir lo que la gente quiere oír. ¡Es algo que veo a diario! Políticos que conozco y salen diciendo cosas que yo se que no piensan. Pero la gente está encantada con lo que dicen, sin preocuparse nunca de la realidad: lo que hacen.

¿Estás pensando que no nos compran? ¿Qué hacen los ayuntamientos cada vez que se acercan las elecciones? Comprar votos con cemento. Con listas abiertas los incentivos para que cada candidato prometa enchufes, premios o permisos a costa del ayuntamiento son enormes.

Y si eso fuera lo peor, podríamos darnos por contentos. Porque quien piense que no se harían barbaridades sin sentido en busca del voto, que recuerde el aeropuerto de Castellón o el de Ciudad Real, los miles de kms de AVE o los monumentos al grandonismo que plagan toda la geografía española. Y, aunque parte son culpa de la incompetencia manifiesta de nuestros políticos y no de su intento de comprarnos, recuerda que debes 22.500 euros a los países extranjeros. Y otros 22.500 tu padre, tu madre, tu mujer, tus hijos, tus amigos o compañeros. 22.500 euros cada uno de nosotros. Y es una deuda neta -después de descontar de ahí todas las inversiones que tenemos fuera de España-. ¡Ni siquiera hicimos barbaridades con nuestro dinero! ¡No lo teníamos y lo pedimos prestado para hacerlas!

Directamente relacionado con esto está una de las mayores barbaridades del libro: el autor sostiene que el pueblo no es idiota y no elegiría en función de una campaña. ¡¿Cómo?! ¿Nos estamos gastando miles de millones en campañas alrededor del mundo para nada? Si eso tuviera un ápice de verdad, ni existirían. Hasta la primera empresa de campañas del mundo tuvo un éxito rotundo: acabar con la propuesta de un sistema público de salud en EE.UU.

Aparte del problema de que los políticos se vuelvan locos por vivir del sistema, tenemos los problemas derivados de la implantación de las listas abiertas. Según queramos que funcionen, habría varias opciones, pero difícilmente podremos esquivar la paradoja de Arrow.

Así, si permitimos votar a la totalidad de los puestos a elegir y la ciudadanía mantiene una disciplina de partido, estaríamos convirtiendo el sistema en un first past the post masivo. Por ejemplo: imaginemos los 8 diputados asturianos. Si podemos votar a 8 y la ciudadanía no modifica papeletas sino que introduce las de los partidos como tal, el partido ganador tendría los 8 diputados. No parece una solución.

Por el contrario, si empleamos el sistema propuesto por el autor del libro, elegiríamos al partido y ordenaríamos a los candidatos. Osea, los diputados se repartirían sobre los votos al partido y, luego, se elegirían las personas en función del orden de votos de cada candidato. Eso tiene un problema obvio: un candidato al que nadie quiera podría aprovecharse de los votos de sus compañeros.

Y eso, a propósito, no son listas abiertas sino listas cerradas desbloqueadas. No permiten eliminar el gran problema de los partidos políticos: la lealtad. Quien quiera salir elegido tendrá que ser leal para estar en esa lista. No reducimos el coste de ejercer voz crítica. Aunque, aún en el caso de que tuviéramos listas abiertas, los partidos seguirían teniendo mecanismos para presionar o comprar a los elegidos.

El tercer problema lo encontramos para conseguir un discurso sereno. La gente se queda con los lemas, las voces y la demagogia. Predomina el debate de bar, basado en el desconocimiento. Y a eso hay que unir que la gente tiene sus ideas establecidas y es difícil que admitan que nadie pretenda cambiarlas. Es lo que yo defino como “no me digas lo que no quiero oír”. ¿Cuántos leen libros que contradigan totalmente sus ideas? Una minoría. ¡Están diciendo de mano que lo saben todo y que no quieren oír nada más! Es difícil que pueda haber un debate razonable en esas condiciones.

El cuarto problema es el de limitar la dedicación a la política. Actualmente ya existe la dedicación parcial o absoluta, para que aquellos que no quieran abandonar su profesión -y no tener un coste de salida a posteriori- puedan mantenerla. No ocurre. Pongamos como ejemplo la Junta General del Principado de Asturias: 40 de los 45 diputados tienen dedicación absoluta. Podéis consultarlos en su web. ¿Por qué iban a cobrar la mitad pudiendo cobrar el doble? Si hay un coste de salida posterior que lo haya. Más vale pájaro en mano que ciento volando. De todas formas, la mayoría de ellos no piensan ceder su asiento sin luchar a cuchillo por él, así que, en la mayoría de los casos, los beneficios de mantener su profesión son inferiores a los beneficios de no hacerlo. Y a eso hay que añadir otro elemento a tener en cuenta: habría gente trabajando por cuenta ajena que no podría dedicarse a la política sin abandonar su trabajo.

Hay que ser realistas: en ningún caso, se puede vender que todas estas medidas son las solución a los problemas de España. Podrían aportar. Totalmente cierto. Pero no hay una causalidad obvia entre modelo y efectividad. Y todo esto proviene de un hecho que el autor expone en el libro y luego omite: “En realidad, lo importante en la política debería ser el funcionamiento y no la forma”. Exactamente. El problema no es el modelo, es la gestión del modelo. ¿Por qué? Porque la democracia es un medio, no un fin. Como medio es obvio que es el mejor posible porque nos permite elegir, porque, como su propio nombre indica, es democrático, sitúa el poder en manos de la ciudadanía, pero eso no quiere decir que sea el mejor para conseguir el fin, que no es otro que el mayor bienestar para todos. Que estamos dispuestos a renunciar al medio para conseguir el fin es obvio desde el mismo instante en que hay emigración a países menos democráticos. Se valoran costes y beneficios y los hay que prefieren vivir mejor con menos libertad. Ni siquiera el modelo nos permite acabar con la corrupción. Singapur, que es una mezcla entre democracia y dictadura, está 5º del mundo en el índice de corrupción. Justo por delante de Suiza, por cierto, y mucho mejor que España, por supuesto, 30ª por detrás de Qatar o EAU. Su modelo podrá ser maravilloso, pero parece que la gestión del modelo es más importante. Es algo obvio desde el mismo instante en el que hay países con un mismo modelo que fracasan y otros que tienen éxito.

En definitiva, estoy totalmente de acuerdo con estas medidas, pero me parece fundamental contar todo, no solo una parte de la historia. Solo con listas abiertas o democracia participativa no vamos a solucionar los problemas de España. Debemos de ser conscientes de las reformas de un calado inmenso que necesita nuestro país. Y para ello no hay nada mejor que un debate sereno y, sobre todo, informado, en el que debatamos de los distintos asuntos en su más amplia profundidad, sin contar solo una parte, porque eso ya lo están haciendo los políticos actualmente. Y no parece que nos vaya muy bien.

Postdata | Aunque sea un post muy largo, aún quedan muchas cuestiones en el tintero como, por ejemplo, ¿qué incentivos iban a tener los políticos para aprobar medidas destinadas a limitar su poder e incompetencia? Porque no nos olvidemos que con la legislación vigente en España, estas reformas las tienen que aprobar ellos. No vale que un día por la mañana nos levantemos y digamos que esto va a ser así.

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