Yo soy

On 12 febrero, 2013, in Personal, Política y Sociedad, by rober

Un filofascista. Un comunista. Un oportunista. Un ambicioso. Un hipócrita. Un demagogo. Un desleal. Un inquisidor. Un cínico. Un mentiroso. Un manipulador. Un resentido. Un ventajista. Un falso. Un farsante. Un populista. Un conspirador. Un conspiranoico. Un radical. Un rebotado. Un traidor.

Todo eso soy -dicho con esas mismas palabras o insinuado con otras-. Y alguna cosa más que habré olvidado con el paso del tiempo.

Pero si he aprendido algo últimamente es el uso y abuso de la lógica; la manipulación de la realidad a través de las palabras, de la retórica y de las falacias.

Por eso cada vez que intentan silenciarme intentando definirme, recuerdo 3 cosas:

En primer lugar, el uso del argumento ad hominem: si no puedes atacar al argumento, porque simplemente es verdad, ataca a la persona, a su credibilidad, a sus motivos o intereses. Que nadie preste interés a lo que dice.

En segundo lugar, que una de las técnicas más usadas en las campañas electorales es definir lo antes posible al rival. Antes incluso de que pueda definirse a si mismo. Le costará salir del fango. O dicho a través de la sabiduría de las señoras de pueblo para terminar discusiones: “Llámala puta”.

Y en tercer lugar, un discurso de Roberto Saviano del que ya he hablado algunas veces:

«[…] Me recuerda a la máquina del fango. Ese mecanismo que sirve para difamar a una persona. Si te pones contra ciertos poderes, lo que te espera es un ataque de la máquina del fango […]. La democracia está en peligro en la medida en que, cuando inicias el ordenador para escribir tu artículo, piensas “mañana me atacarán” […] te obligarán a defenderte, entonces ese artículo no lo escribes. Cuando eso ocurre […] inicia a inclinarse la libertad de expresión.»

Y os estaréis preguntando: ¿Qué lleva a usar esas tácticas?

Pues en algunos casos la ignorancia, porque no me conocen de nada y opinan sin saber. Y en otros, simplemente, que son serpientes que se mueven al ritmo del punji del encantador. Pero ambas respuestas carecen de la sutileza de los matices, por eso es necesario ponerlas en el contexto, por un lado, del funcionamiento de los partidos políticos y, por otro, de mi propia militancia.

Empezando por el final, es necesario responder dos preguntas obvias: por qué me afilié y por qué decidí irme.

Aún recuerdo cuando un buen amigo y, por entonces, compañero de piso, imagino que harto de verme despotricar contra la incompetencia de los políticos, me dijo que por qué no me afiliaba e intentaba hacer algo para cambiarlo. Nunca me lo había planteado. No conocía a nadie en un partido. No sabía por donde empezar. Pero le hice caso. Y no me arrepiento, principalmente por todo lo que he aprendido. A lo largo del tiempo que estuve dentro, hubo momentos muy buenos e ilusionantes y otros que se podrían calificar como mínimo de frustrantes. Quizás sorprenda que incluya entre los segundos a los mítines.

En primer lugar porque, como joven, te han puesto detrás de los intervinientes para dar una imagen de frescura. Y te das cuenta de que eso es lo que esperan de ti. No esperan que aportes, ni mucho menos que pienses -vade retro-. Esperan que aportes frescura en el tiro de cámara, esperan que muevas la banderita y animes el mitin con diversos cánticos… esperan imagen. Es duro pensar que eso es lo que les importa la juventud. Y a eso hay que añadir que un mitin puede ser algo muy duro si piensas en lo que están diciendo. Porque no te lo crees. Porque si estás un poco informado y te molestas en pensar, sabes que es mentira o, como mucho, media verdad. Y sin embargo, les aplauden a rabiar, con ilusión. Tú también aplaudes, pero por compromiso y con desgana. Porque es lo que toca. Y te preguntas qué demonios estás haciendo, qué pintas allí. La respuesta la sabes: quieres cambiar el mundo. Pero no tienes claro si ese es el camino. No tienes claro nada. Te sientes ridículo y te evades de lo que están diciendo. Eres como un autómata. Aplaudes cuando aplauden el resto y piensas en tus cosas. Y cuando sales del mitin la misma pregunta de siempre: ¿es este el camino? ¿estoy haciendo lo que debo? No lo sabes. No tienes respuesta. Crees que ese partido es el menos malo y que ideológicamente coincide con lo que tú piensas. Al menos sobre el papel. Sabes tus ideas y sabes que quieres llevarlas a cabo. Sabes que la política es sencilla, que solo la complican los inútiles para esconder su incompetencia en el medio de la bruma. Pero todo eso no te aporta claridad. Sales del mitin y te vas a casa endemoniado. Hasta que no duermas no volverás a ser tú.

Y como esa, vas acumulando otras frustraciones, hasta que un día ya no puedes más y, de repente, por sorpresa, le das una patada a la puerta y te vas.

Y entonces, tus amigos, sorprendidos como el que más, te acribillan a preguntas. Quieren saber los motivos. No se lo esperaban.

Y tras las explicaciones de rigor, llega la gran pregunta: ¿no pensaste en dejarte llevar, en vivir de ello y hacer lo que tocaba para asegurarte una forma de vida?

Y sí, sería un hipócrita si lo negara, claro que te lo planteas y que piensas en muchas cosas. Llegó un momento en el que me plantee una cuestión fundamental: ¿trago con todo para vivir de ello o tiro por la borda todo lo que hice y me voy? Y decidí lo segundo. No porque sea perfecto. No porque me considere bueno ni virtuoso. No porque nadie me lo fueran a reconocer, porque tengo muy claro que la mayoría de los que entonces me aplaudieron, estarán criticándome a la mínima difamación que me hagan.

No, tomas una decisión por tus principios y por tus valores, por lo que te enseñaron, por no defraudar a la gente que te quiere: tus amigos y tu familia. Y ellos entenderían igual que tomaras la decisión contraria, pero no es lo que me han enseñado, no es lo que siento, no es lo que soy.

Y algunos os estaréis preguntando por qué me fui. Los motivos concretos exceden al objetivo de este post, pero es obvio que por descontento con el funcionamiento del partido, con el funcionamiento mismo de la política en este país. Por eso es imprescindible explicar cómo funciona.

Pero antes, y para poner todo en perspectiva, es necesario matizar que voy a generalizar para hacer entendible el texto y recordar la distinción que hace Weber entre vivir «de la política» y «para la política». Y es que no todos los políticos son iguales, ni toda la militancia de los partidos es igual. Hay gente honrada que intenta hacer algo por mejorar la sociedad que les rodea, que quieren cambiar los partidos desde dentro -cosa que respeto porque yo pensaba exactamente lo mismo-.

¿Pero eso tiene algún futuro? No. Y no porque están peleando una guerra en la que hay dos opciones: usar las mismas armas que los otros para ganarla y perder los principios por el camino o mantener los principios y perder la guerra. No se hacen prisioneros. Todo vale. Y si intentas ser honrado, tarde o temprano, le vas a sobrar a alguien que no entiende la política como tú. Y que tiene el poder para que esos que van de tan idealistas, honrados y compañeros te pisen la cabeza por una sonrisa del líder. Y es que, como podemos leer en “El Príncipe”: «Los que desean alcanzar la gracia y favor de un príncipe acostumbran a ofrendarle aquellas cosas que se reputan por más de su agrado.» O dicho menos finamente, hay mucho lameculos.

Por eso, lo que yo quiero es que surjan nuevos partidos que ocupen ese espectro ideológico pero con otros dirigentes. Eliminar todo el aparato de un partido no se puede hacer sin echar abajo un sistema. No es tan sencillo como tener la mera intención de pelear.

Y no es tan sencillo porque, siguiendo las enseñanzas de Maquiavelo, en lugar de imaginar cómo debería ser la política, debemos de pensar en como es en realidad. Supone gobernar a personas reales, no a entes ideales. O dicho con sus palabras: «Un hombre que quiera hacer […] de bueno labrará necesariamente la ruina entre tantos que no lo son». Simplemente, es desconocer el arte de la política.

Así, en primer lugar, es necesario saber cuales son las dinámicas internas de un partido. Para ello, nada mejor que recordar una cita de Konrad Adenauer, primer canciller de la República Federal de Alemania: «en política hay enemigos, enemigos mortales y compañeros de partido.» Y tenía razón. En política no hay amigos, tan solo compañeros de viaje. Si confías en alguien, lo normal es que lo termines pagando, tarde o temprano -si alguien está familiarizado con la estadística, podría decirse que la esperanza es negativa-.

Y eso es un problema grave, porque más o menos nadie tiene problemas en pelear con los rivales, el problema es cuando tienes que hacerlo con los compañeros y no por ideales sino por ambiciones personales. Con los rivales puedes confrontar un discurso, ideas, valores… ¿con los compañeros? ¿qué confrontas? Si oficialmente van a estar de acuerdo con lo que digas… pero por detrás buscarán la manera de joderte

En segundo lugar, es necesario saber los tipos de militancia. Yo tengo la teoría de que comprende 4 grandes grupos: ignorante, activista, interesada e inmóvil. Entendidos todos ellos, no como compartimentos estanco, sino como componentes de las que puedes coger más o menos para formar tu militancia.

Ignorantes son la gran mayoría. A la militancia se la engaña, manipula y miente sin ningún tipo de piedad. Son los “useful idiots” necesarios para que un partido funcione. Aportan las cuotas, rellenan los mítines y suben el ego a los dirigentes. Inmóviles son aquellos que están sin estar. Están en un censo pero nada más. Ni participan ni muestran interés. ¿Por qué militan? Ni idea. Activistas son los que creen en lo que están haciendo. Pueden estar equivocados pero lo que hacen lo hacen por valores. Una escasísima minoría. Y, finalmente, interesados son los que podríamos calificar de “la parte podrida” de los partidos. Aquellos que anteponen los intereses personales a cualquier otra cosa. Están ahí por dinero y poder. Aunque en ocasiones eso sea muy relativo, ya que algunos se conforman con ser concejales, colocar a la hija que acabó la carrera y no tiene trabajo o simplemente tener amigos poderosos -y presumir de ello-. Por mucho que hablen de valores, la realidad es bien distinta: usan ese discurso como estrategia para engañar al resto y subir.

En tercer lugar, es necesario saber como son los congresos en los que se elige al gallo del corral. Y contra lo que pueda parecer a quien lo vea desde fuera, las ideas expuestas, los programas, las estructuras planteadas, en definitiva, lo que se quiere hacer con el partido, NO importa. Lo que hay es un simple mercadeo de votos que te permita llegar al objetivo marcado. Y esos votos se pueden conseguir de muchas maneras, principalmente, podría resumirse en “por las buenas” o “por las malas”. Por las buenas incluye el muy democrático convencer a alguien de que eres la mejor opción. Y ahí se termina el idealismo. Porque también incluye prometer premios presentes o futuros, bien a nivel orgánico o bien a nivel institucional. Y sino siempre quedará la opción de hacer una oferta que no se pueda rechazar, esto es: como no me apoyes, atente a las consecuencias. Todo esto, por supuesto, en las semanas previas al congreso, ya que en el cónclave en si a los delegados se les pastorea para que no se reúnan con nadie del enemigo. Una máxima de los congresos es: nunca dejes solo a un delegado del que no te fíes. Nunca.

Esto en la política de altos vuelos, por supuesto. Si el congreso es de una agrupación local o de una organización juvenil, lo normal es que se imponga al gallo desde el nivel superior. Hay que elegir a alguien sumiso, simplemente por el hecho de serlo, no vaya a ser que se revolucione el corral. Afortunadamente, alguna que otra vez, la militancia impone su voluntad, algo que es de agradecer.

Como resumen de los congresos se podría aplicar la máxima de que «hemos venido aquí a defender la democracia, no a practicarla».

En cuarto lugar, y directamente relacionado con lo anterior, es necesario explicar tres conceptos claves: la lealtad, el seguidismo y el sectarismo. Lealtad a unas personas, por supuesto. La lealtad a unas ideas es, demasiadas veces, hasta contraproducente, ya que como diría Groucho Marx: «Estas son mis ideas. Si no le gustan, tengo otras.»

Imaginemos que un joven entra con la voluntad de hacer carrera. Tras la socialización de la organización juvenil de turno y de dejarse ver lo máximo posible, si sabe moverse bien, hacer contactos y no dar problemas, es muy probable que acabe ocupando algún cargo orgánico, accediendo a las listas electorales o a otras prebendas por el exclusivo mérito de fidelidad a la cúpula.

¿Por qué es necesaria esa fidelidad?

Porque, como ya hemos visto, a nivel orgánico, si no eres de los míos, no vas a tener opciones. Y a nivel institucional, el sistema electoral con listas cerradas y bloqueadas, y la forma de elaborar las mismas en los partidos, hace necesario contar con el favor de la cúpula para estar en ellas. Se impone el amiguismo.

En resumen, el funcionamiento interno de los partidos se puede resumir en una palabra: dedocracia.

Y como, internamente, todo el mundo sabe que el que se mueve no sale en la foto -aunque casi nadie lo reconoce públicamente- el que quiere subir se apunta al seguidismo: haces lo que te dicen, dices lo que te dicen y, si es necesario, piensas lo que te dicen. No vayas a parecer un indisciplinado. O, como se los conoce internamente: críticos -entiéndase en todo despectivo-. Un seguidismo que, unido a las purgas a las que se somete a la disidencia y a la marcha de los descontentos, termina llevando a una homogeneidad más que preocupante, casi a un pensamiento único.

Y una vez que se impone ese pensamiento -casi lavado de cerebro- ya podemos dar la bienvenida al sectarismo: celo propio de secuaces, fanáticos e intransigentes, de un partido o de una idea.

Aunque no hayáis reflexionado sobre ello, todos lo habéis visto en acción: los rivales son presuntos culpables, solo por el hecho de ser rivales; y los propios son presuntos inocentes, solo por el hecho de ser propios. O los que, sin opinión propia que llevarse a la boca, repiten como loros amaestrados las consignas del día para pasar a defenderlas con uñas y dientes a la mínima que alguien las cuestione. Algunos quizás piensen que exagero, pero yo he visto cosas que no creeríais, gente defender cosas que ahora nos echamos las manos a la cabeza y entonces estaban bien porque el dirigente de turno decía que estaban bien. Y punto.

Y os estaréis preguntando: ¿por qué es así? ¿por qué no se hace nada para cambiarlo?

Es así porque, en cierta medida, es una profecía autocumplida. Todo el mundo asume que es así y el coste de cambiarlo es enorme, así que casi nadie hace nada, sino que simplemente se produce un amoldamiento de las personas al escenario, en lugar de cambiar el escenario.

Y el escenario son unos partidos con estructuras organizativas absolutamente piramidales y arcaicas, donde predomina la opacidad y que establecen un embudo en la selección de élites que nos ha llevado a la situación actual: estar gobernados por una banda de incompetentes, en el mejor de los casos, y de corruptos, en el peor.

Pero, lógicamente, eso tiene una justificación. Y es bien sencilla: es una cuestión de incentivos y de supervivencia política. Quien ha dedicado sus años más productivos al partido difícilmente tendrá otra alternativa a ser un político profesional -por eso muchos se cubren en salud con una oposición-. Y es que, como decía Pablo Simón en Five: «El político de carrera verá aumentar dos costes: el coste de ser crítico, y el coste de salida si decide trabajar en el mundo laboral fuera del partido. Lo primero comprometería su continuidad en el cargo dada su dependencia de la cúpula. Lo segundo, una vez alcanzada cierta posición, es impensable. […] Esta situación de dependencia de la política para subsistir económicamente necesariamente recortará la libertad.»

Ya tenemos los motivos para que peleen a cuchillo por el puesto, más allá de sus ansias de dinero y poder. Es una cuestión de supervivencia la que fuerza la lealtad y ahoga a los críticos por el camino.

Y directamente relacionado con eso, encontramos el motivo por el que se evita cualquier cambio, cualquier innovación en el interior de los partidos: preservar el statu quo. Los cargos tienen enormes incentivos para evitar que se comprometa su posición. Por eso la estrategia básica es oponerse al cambio. A cualquier tipo de cambio. Lo podemos ver en la propia sociedad: la innovación la hace más próspera, pero también incluye el reemplazamiento de lo viejo con lo nuevo y la destrucción de los privilegios económicos y el poder de cierta gente. Es lo que Acemoglu y Robinson denominan “destrucción creativa”. Y nosotros mejor que nadie en la historia lo podemos entender. Cada año hay una innovación que desbarata algún sector entero. ¿Cuántos se lamentarán de la invención de internet? Y sin embargo, el progreso que hay traído es innegable. Eso puede ser bueno para la sociedad en su conjunto… ¡pero no para todos sus individuos! Quien gozaba de una situación de especial privilegio, seguramente habría preferido mantener el statu quo.

Esto, obviamente, también se aplica a los partidos. Si fueran lo que deberían ser, lo que la ciudadanía demanda, lo normal es que ninguno de los actuales dirigentes estuviera al mando. Simplemente porque la mayoría de ellos son tecnología obsoleta cuya única capacidad es mafiar en las estructuras internas para quitar al compañero, ponerse ellos y sobrevivir en el poder el máximo tiempo posible. La motivación para oponerse a cualquier cambio es obvia. Por eso forman una barrera para evitar la innovación. El hecho de que tengan mucho que perder de la destrucción creativa significa, no solo que no serán ellos los que introduzcan nuevas innovaciones, sino que intentarán evitarlas.

Si cualquier empresa nos hiciera eso mismo y nos intentaran vender un producto de mala calidad -o lamentable, y no lo digo yo sino que lo dicen las encuestas- a un precio elevado, la competencia florecería como los caracoles en un día de lluvia. Sin embargo, no veo partidos políticos por todos lados. Algo totalmente incomprensible, ya que cualquier incompetente puede dirigir un ayuntamiento.

La sociedad necesita partidos políticos que introduzcan las políticas necesarias en España. Y los partidos en si mismos, necesitan innovaciones que podríamos calificar de radicales. Están anclados en el siglo XIX. No será sencillo, porque es necesario sobreponerse a la ya mencionada resistencia de los que tienen mucho que perder y nada que ganar. Pero es necesario. Absolutamente necesario si queremos tener futuro.

Y los partidarios de cambiar los partidos desde dentro cometen ahí un error de partida: los cambios no son bien vistos. Igual que los profesionales de fuera del partido que pueden traer esos cambios. Las cúpulas no confían en ellos, salvo escasísimas excepciones. El aparatero -traducción libre del soviético apparatchik- hecho en la vida interna desconfía del profesional cualificado, ve con incomodidad el talento, siente peligrar su supervivencia. No les gusta que nadie les señale las cosas que hacen mal. Que siempre se hayan hecho así es motivo más que suficiente para seguir haciéndolas así. Por lo tanto, la posibilidad de que asciendan a través de un partido es escasa, ya que no disponen de los recursos organizativos de otros grupos. Y si no eres de nadie, hace mucho frío en los partidos. Aparte de la frustración que conlleva que la pelea no tenga nada que ver con las ideas, sino con las intrigas palaciegas, con la política de pasillo y de café, con las calumnias y la difamación. Y es que si el otro está más preparado o es más inteligente, hay que derribarlo por otros medios. Sin escrúpulos. Sin piedad.

No es necesario ni mencionar que el coste de oportunidad es inmenso: quitar tiempo al trabajo, a la familia, a los amigos o a las aficiones para combatir en un mundo de puñaladas traperas. El Assassin’s Creed es mucho más barato.

Y todo esto lleva, obviamente, a tener lo que tenemos: unos partidos políticos en los que triunfan, generalmente, oportunistas y mediocres.

Y eso es lo que debemos evitar. Es necesario enviar a la historia la concepción que tienen algunos de los partidos como empresas donde hacer carrera. Y con ella, a los profesionales expertos en vida interna. Las organizaciones políticas no pueden ser “empresas de colocación” en las que buscar una labor retribuida. La política no puede ser un modus vivendi que alterne cargos institucionales u orgánicos con enchufes en empresas, fundaciones y organismos públicos. No puede ser que se convierta, dicho popularmente, en «pillar un sillón hasta la jubilación».

No todo está perdido, por supuesto. Todavía estamos a tiempo. Y todo parte de una cuestión muy sencilla: la responsabilidad del ejemplo. En palabras de Javier Gomá: «Comprendo que soy ejemplo para los demás, que mi vulgaridad absuelve y anestesia la mala conciencia del otro, y que la rectitud de mi conducta, por el contrario, la intriga, la inquieta, la desazona.»

Y es que sobre los políticos pesa un plus de responsabilidad. Como representantes que son de la ciudadanía, han de ser ejemplares. La corrupción de sus costumbres tiene consecuencias desmoralizadoras, difunde un ejemplo negativo. Son «ejemplos sin ejemplaridad».

Y luego pretenden reprimir eso mismo en la sociedad mediante leyes más severas. Haz lo que yo diga, no lo que yo haga. Ya en los tiempos de la Revolución Francesa, Louis de Saint-Just, parcial de Robespierre dijo: «Se promulgan demasiadas leyes, se dan pocos ejemplos». No parece que hayamos avanzado.

Y quiero que quede claro que yo no me pongo como ejemplo de nada, porque luego vendrán los mismos de siempre buscando dar la vuelta a cualquier detalle que encuentren para añadir adjetivos como pretencioso o soberbio a la lista del principio.

No pretendo engañar a nadie. Y no pretendo que nadie crea que soy perfecto. No lo soy. Repito que he cometido -y cometo- montones de errores. Y los asumo. Tengo los mismos conflictos y demonios internos que el resto. No tengo porque no decirlo. No pasa nada. Todos cometemos errores e intentamos aprender de ellos.

Como le dijeron a Guy Montag en Fahrenheit 451: «No les hostigues ni te burles de ellos. Hasta hace muy poco, tú también has sido uno de esos hombres. Están tan confiados que siempre seguirán así. Pero no conseguirán escapar. Ellos no saben que esto no es más que un gigantesco y deslumbrante meteoro que deja una Hermosa estela en el espacio, pero que algún día tendrá que producir impacto. Ellos sólo ven el resplandor, la hermosa estela, lo mismo que la veía usted.»

Por eso hago autocrítica y me considero parte de los males de los partidos. Porque, además de haber militado en uno, Sartre nos enseñó a decirnos a nosotros mismos: «Sois responsables en tanto que individuos». Y yo me siento cómplice de lo que se hizo mal durante el tiempo que estuve militando. Obviamente, no soy cómplice al nivel que puede serlo alguien que manda algo, ni al nivel de los propios militantes de base que nunca se atrevieron a criticar nada, pero un poco cómplices somos todos. Hemos llegado al borde del acantilado porque nos hemos equivocado todos.

Hace muchísimo tiempo, vi cómo iban las cosas. Me quejé en petit comité. Pero no hice nada para cambiarlo, porque nada puedes hacer sin poder. Y te conviertes en cómplice y culpable.

Cómplice y culpable de un mundo, el de los partidos, en el que quien tiene el poder escribe la realidad, sin importar si es cierta o no.

Un mundo en el que te aconsejan que no te defiendas de la calumnia, porque será peor, ya que intentar defenderse de cierta gente es como patalear en medio de las arenas movedizas: más te hundes. Porque la gente les da la razón y los que no saben de que va el tema creen a la mayoría. Y los que no saben como son, creen que es imposible que la realidad sea como tú dices. No necesitas la razón cuando tienes el poder.

Un mundo en el que quien aspira a vivir de ello, obedece, aunque eso no sea lo que debería hacer.

Un mundo en el que se necesitan subalternos, gente que vista la vida de los políticos con el boato propio del alto cargo que desempeñan. No son nada sin un buen séquito.

Un mundo en el que los trapos sucios se lavan en casa. Y es que esa es una de las máximas de la clase política. Criticar fuera es el mayor acto de deslealtad.

Un mundo consumido por el miedo y el clientelismo. No necesariamente en ese orden.

Un mundo en el que hay muchas maneras de avergonzar a un partido, pero ser un incompetente en tu trabajo no es una de ellas.

Un mundo en el que predominan el cinismo y la hipocresía, en el que se usa el discurso de valores como medio para alcanzar unas ambiciones políticas personales, revistiéndolas de la credibilidad que da ser el paladín de los intereses ciudadanos. Y es que, incluso el cambio, está recubierto de cálculos en función del interés propio. La mayoría de los apparatchiks no dudarán en nadar con la corriente antes de ser barridos por la marea. Son máquinas de supervivencia. Lobos con piel de cordero, que no dudarán en decir lo que la gente quiere escuchar, en recubrir de cambio e ideología sus viejos métodos, siempre que eso suponga ventaja alguna.

Para solucionar eso, lo primero que debería tener la militancia es un poco de criterio. Después un poco de vergüenza. Desgraciadamente hay muchos que ni lo uno ni lo otro.

Esperemos que llegue un momento en el que se den cuenta que defender una ideología, unos valores, no tiene nada que ver con defender a los dirigentes de un partido. Un momento en el que encontremos una solución que no sea la del economista Steve Landsburg: si deseas cambiar la política, deberías comprar un billete de lotería, para gastar lo que ganes formando tu propio lobby y poder ejercer presión.

Diría muy poco de nuestra capacidad como sociedad para resolver problemas.

Cuius aures veritati clausae sunt, ut ab amico verum audire nequeat, huius salus despernada est. [Aquel cuyos oídos están tan cerrados a la verdad hasta el punto que no puede escucharla de boca de un amigo, puede darse por perdido.]

Pero, al fin y al cabo, que voy a saber yo. Tan solo soy un filofascista. Un comunista. Un oportunista. Un ambicioso. Un hipócrita. Un demagogo. Un desleal. Un inquisidor. Un cínico. Un mentiroso. Un manipulador. Un resentido. Un ventajista. Un falso. Un farsante. Un populista. Un conspirador. Un conspiranoico. Un radical. Un rebotado. Un traidor que ha fallado y se ha ido.

Aunque estoy orgulloso de lo que soy.

Caricaturas | Simiocracia de Aleix Saló