La crítica en política

On 27 septiembre, 2012, in Política y Sociedad, by rober

Últimamente, hay gente que, cual teólogo promulgando que la tierra es plana y el universo geocéntrico, y en un deplorable intento de confundir y manipular a la opinión pública, se empeña en hacer ver que la crítica a la política y la negación de la misma -una suerte de antipolítica- son lo mismo. Y por lo tanto, que aquellos que critican son enemigos de la democracia.

Y en ese burdo intento de extender el maniqueísmo, se lleva la crítica razonada y razonable al extremo, para desprestigiarla mediante una analogía abusiva implícita. Lo que vendría a ser una variación de la ley de Godwin pero mucho más elegante y disfrazada. O dicho mucho más claramente: “los que critican a los políticos son Hitler”.

Leía el otro día, sobre este tema, a Luis Arias y no puedo estar más de acuerdo:

“Hay quien sostiene que sería peligroso que hubiese menos política. De acuerdo en eso, pero no hay más política por el hecho de que sean legión los que cobran del erario público, exhibiendo en la mayor parte de los casos como mayor mérito el carnet de un partido. Más política es bien distinta cosa, que empezaría por el hecho de que lo prioritario fuese el bienestar ciudadano, algo de lo que cada vez estamos más lejos.”

Y yo añado que no hay mayor error en política que cuestionar la crítica razonada y razonable. Es a la vez, necesaria, ya que es una fuente de evolución de la política, y moralmente correcta.

LA NECESIDAD DE LA CRÍTICA

Empezando por la primera, la crítica es fundamental para la evolución de la política, porque, resumido, la información es poder.

Pero antes vamos a ir a una visión más completa. Todos asumimos que la política, según está, no es perfecta, y por lo tanto puede y debe evolucionar.

A la hora de sistematizar la evolución son muy interesantes los “Principios de Palchinsky“:

  • Primero, busca nuevas ideas e innova.
  • Segundo, hazlo en una escala que permita sobrevivir al error.
  • Tercero, busca el feedback y aprende de los errores.

O dicho más sencillamente: variación, supervivencia y selección.

Por desgracia, en política hay dificultades para entender el concepto de variación/innovación -por el apego que tienen los dirigentes a que nada se mueva- y el de supervivencia -debido a una peligrosa tendencia a la grandiosidad-. Y es que, en primer lugar, el principal objetivo de la mayoría de los políticos es ascender o mantener su lugar en la estructura, con lo cual, cualquier cambio supone un riesgo para ese objetivo. Y, en segundo lugar, a los políticos les gustan los grandes proyectos, porque permiten tener visibilidad, obtener la atención ciudadana -pero si fracasan el desastre no tiene vuelta atrás-.

Y, aunque parezca difícil, las mismas o más dificultades hay con el feedback, ya que es limitado el que la mayoría de los políticos están dispuestos a escuchar. Y dado que la gente lo sabe, se tienden a “endulzar” las opiniones que se le dan a una persona poderosa. En una jerarquía estricta como la política, ese proceso se repite una y otra vez, hasta que la realidad queda sepultada en un montón de palabras dulces. Y cuanto más ambiciosa es una persona, más tenderá a ser un yes-man -los españoles, en nuestra infinita sutileza, hablamos de lameculos-. Y por buenos motivos, porque esa actitud tiende a ser recompensada. En consecuencia, la cadena de mando se convierte en una jerarquía de papeleras llenas que evita que el feedback alcance a la cima de la pirámide.

Todo esto se muestra, entre otros aspectos, en la configuración de equipos: raramente se busca que sean los más capaces para desarrollar su cometido, sino que sea un equipo leal y unificado. Y eso no deja espacio a las perspectivas alternativas. Por desgracia, es un hecho que las mejores decisiones emergen de un grupo diverso. Así que la doctrina de evitar consejos diferentes no puede ser más errónea.

Algunos, empeñados en no asumir la realidad, negarán la importancia del feedback, a pesar de que es fundamental para asegurarse de que se están haciendo las cosas bien, ya que la información debe llegar a la cima, ser analizada y actuar en consecuencia.

Solo existe una situación en la que no sería necesario -pero sí legitimo, como veremos más adelante- decirles a los políticos que opinamos de sus decisiones: si fueran infalibles.

Por desgracia, no lo son. Los políticos cometen errores. Todos los seres humanos cometemos errores. Una esencia de la condición humana es que somos falibles -aunque la Iglesia acepte la infalibilidad papal cuando este está asistido por el Espíritu Santo-. Lo que… me hace preguntarme… si alguno de nuestros políticos se cree iluminado…

Y es que, en muchas ocasiones, ni siquiera los mejores expertos se ponen de acuerdo ni en el aspecto más básico de un problema. Eso conlleva que una buena organización requiera una manera eficiente de corregir errores, siendo una de las características fundamentales el correcto flujo de información arriba y abajo en la cadena de mando.

Por lo tanto, solo el político más arrogante se atrevería a estar convencido de que no comete errores y de que, en consecuencia, la crítica es innecesaria. Sin embargo, aún así muchos políticos no la quieren. Bien porque no la consideran importante -despreciando, como hemos visto, todo razonamiento lógico-, porque no les gusta reconocer que cometen errores -enfrentados a un error la respuesta instintiva es la negación- o porque ya saben que lo están haciendo mal pero no les importa, ya que su objetivo no es trabajar por el bien común sino acumular poder y riqueza. Y si no la quieren, usarán todos los medios de manipulación que tengan al alcance para desprestigiarla. Y en esa línea de desprestigio, de máquina del fango, están los que igualan la crítica a la política con la crítica a la democracia. Como establece la Ley de Godwin, si la discusión fuera lo suficientemente larga, su argumento terminaría siendo uno que ya conocéis: “los que critican a los políticos son Hitler”.

MORALMENTE CORRECTA

Pero, como decía al principio, no solo la crítica es necesaria, sino que es moralmente correcto ejercitar ese derecho.

A veces es necesario recordar la historia. La de la humanidad se caracteriza por la superstición y la aceptación, sin crítica, del orden existente. Es una historia de ignorancia y tiranía.

Las comunidades del Antiguo Régimen, gobernadas por la ambición de una jerarquía, cuya autoridad procedía de la herencia o la conquista, y que buscaba el control de la ciudadanía, se creían en posesión del derecho a regular todas y cada una de las partes de la conducta privada, en base a que el estado tenía un gran interés en el bienestar de cada individuo. [Lo de joder a uno, por su propio bien, no es nuevo]

La lucha por una serie de libertades o derechos fundamentales ha sido una causa dignísima. Una pelea contra la coacción, el despotismo y la opresión. Y en el camino hemos alcanzado la democracia, que es, indudablemente, el mejor sistema desde un punto de vista ético, porque no solo es igualitario y basa la obediencia al gobierno y a las leyes en el consentimiento libre de ciudadanos iguales (y no en el miedo y la coacción), sino que fomenta la reflexión crítica, la responsabilidad y la participación de la ciudadanía. Y negar el derecho a crítica, negar la libertad de expresión, es negar la propia democracia, es negar siglos de sacrificios de nuestros antepasados, es negar nuestra propia evolución social.

No creo que sean necesarios los argumentos en contra de permitir que un dirigente nos diga que opiniones, doctrinas o argumentos podemos formular o escuchar.

Porque, en primer lugar, la opinión que intenta ser suprimida, podría ser cierta. Aquellos que desean eliminarla, como no, niegan su verdad, pero como hemos demostrado antes, no son infalibles -salvo que sean unos iluminados-. No tienen autoridad para juzgar la cuestión en nombre de los demás y excluir al resto de personas de la posibilidad de juzgar por ellos mismos. Negarse a escuchar una opinión porque están seguros de que es falsa supone asumir que su certeza es una certeza absoluta. Silenciar una opinión es asumir que son infalibles.

Y eso es muy propio de los reyes absolutistas -u otros que están acostumbrados a deferencias sin límites por parte de sus iguales-, que normalmente sienten está confianza en su propia infalibilidad, pero no de un sistema democrático.

Porque en democracia, es el deber de aquellos que representan a la ciudadanía -los políticos- y de la propia ciudadanía, formarse las opiniones más reales y precisas. Y la única manera en que una persona puede aproximarse a conocer en toda su amplitud una materia, a poder juzgar por si mismo que es lo correcto, es escuchando la opinión de personas muy variadas, teniendo toda la información posible.

Desgraciadamente, la desconexión de los políticos hacia la población que conlleva no escuchar la crítica, solo puede llevar a la extrema hipocresía de argumentar que se hace todo por el interés común, sin saber cual es el interés común. Una suerte de despotismo ilustrado de nuevo cuño. Tout pour le peuple, rien par le peuple [literalmente “todo para el pueblo, nada por el pueblo” o, como hemos traducido libremente en España, “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”].

Por lo tanto, los verdaderos enemigos de la democracia son los que, amparándose en su supuesta defensa, se niegan a practicarla; los que, en un intento de mantener el statu quo, la alejan de la ciudadanía; los que se empeñan en intentar encadenar la libertad de expresión para su beneficio personal; los que no aceptan la crítica ni admiten el pilar fundamental de la democracia: los políticos son los representantes de la voluntad ciudadana, no sus dueños. Esos son los verdaderos enemigos de la democracia. Eso sí es fascismo, y no la crítica razonada y razonable de lo que entendemos debe cambiar.

Y sin embargo hay quienes, manipulados por los que tratan de adoctrinar a la opinión pública, compran esas ideas surgidas del interés y la ambición individual frente al bien común. Lo cual me recuerda una cita de Stiglitz en Caída Libre:

“Los biólogos estudian el comportamiento gregario, la forma como los grupos de animales se mueven en una dirección u otra olvidando, aparentemente a veces, el propio interés individual. Los borregos van unos detrás de otros hasta despeñarse. Los humanos a veces se comportan de una forma que parece igual de insensata”.

No os despeñéis manipulados por los intereses personales de otros.

Quizás venzan, pero no convencerán.

Eppur si muove. [Y sin embargo se mueve.] Galileo Galilei

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